UNA MOTO EN UN MAR PERDIDO

(En busca del Mar de Aral) 

A lo largo del relato sobre esta aventura hay enlaces a vídeos de muchos lugares.

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PARTE I- Hasta Georgia del Tirón para llegar a Azerbaiyán

Estoy en “terreno conocido”. Ya he recorrido Italia, Grecia y Turquía, la infinita Turquía, paso obligado para adentrarse en Asia Central por tierra. Así pues, decido atravesar todos estos países del “tirón”, para concentrar los días que tengo en Kazajistán y Uzbekistan, donde se encuentra el mar de Aral, al que se conoce ya como mar perdido. Un mar que ha pasado de ser el cuarto lago más grande del planeta para terminar siendo un inmenso salar del que apenas queda un 10% de su extensión inicial. Todo ello, por las plantaciones de algodón, “el oro blanco”, que la antigua Unión Soviética quería explotar, desviando los cursos de los ríos Amu Daria y Sir Daria que desembocaban en este mar para crear canales que regasen sus cultivos. Se convirtió así en uno de los mayores desastres ecológicos causados por el hombre.

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Como siempre, en Georgia, todo fluye en su frontera. Esta vez, los policías insisten mucho en el tema del seguro para la moto. Hay que recordar que en este país la carta verde no sirve. Me paro en una de las oficinas que hay tras la frontera y mientras gestionó este trámite, la gente se arremolina entorno a mi moto, a Lusi. Todos quieren ver su bandera en las maletas. Un señor, incluso baja a su madre del autobús para que viese la de su país, Armenia, que tantos problemas me traería después.

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En Georgia hace mucho frío y no para de llover, las carreteras son malas, así que hay que ir despacio. En una local de estos que hay desperdigados por el país me paro para tomar un café; dentro dos señoras, que enseguida ven mi cara de frío y el tembleque que traía poniéndome un café bien calentito y unos dulces que tras pagar me regalarían para el camino además de un abrazo. Esa maravillosa gente que te vas encontrando por el camino, esos improvisados amigos que te tienden la mano son una de las cosas mágicas de viajar en moto.

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Georgia sigue como la había dejado un año atrás, con sus vacas, cerdos y perros por las calles. Los perros siempre me causan especial tristeza en este país, no les quieren, cada poco aparece uno atropellado en la carretera. Recuerdo tomando un café, un perro lleno de heridas, cojo, esquelético y los dueños, le echaban con un palo de la puerta. Entenderéis que esto me causa un gran dolor, teniendo en mi familia a dos perras labradoras, Luka y Sira. No me gusta ver este “maltrato” consentido hacia los animales.

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Decido atravesar Gerogia tras pasar la noche en Batumi, frontera con Turquía, para llegar a la frontera de Azerbaiyan y dormir en la villa olímpica que hay después, a unos 50 kilómetros. La cosa se complicó y mucho…

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PARTE II – FRONTERA DE AZERBAIYÁN

 Aquel odio incontrolado en la frontera azerie y dos horas retenida por la policía.

Paso la noche en Batumi (Georgia), frontera con Turquía. Bajo una incesante lluvia y una máxima de 8 grados atravieso el país con la intención de dormir en la villa olímpica que hay tras la frontera de Azerbaiyán, a unos 70 kms. Esta vez, voy por una carretera de montaña que al final se complicó bastante por haber muchos tramos cortados.

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Llego tarde y cansada a la frontera. No presto atención a que llevo la bandera armenia en la moto, ni me acuerdo, estoy agotada. Guardo cola tras un coche de “alta gama y destartalado” que hay delante de mi. Cuando llega mi turno, en la ventanilla de inmigración, empiezo a escuchar voces. Un militar con una navaja golpea mi maleta. ¡Me doy cuenta rápidamente de lo que está sucediendo!. “BIG PROBLEMA, BIG PROBLEMA” me grita una cara endiablada.

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Intento hacer que no sé de qué va todo aquello, pero me hace ir hasta allí para señalar con desprecio una bandera “la de Armenia”. ¡Soy tan solo una viajera, no entiendo nada más!, le dije, pero, con aquella navaja la rayaba, ¡Me puse sería e hice un gesto de basta ya con la mano!. Me llevaron a una pequeña garita y vino un jefe con muchas estrellas. Gritaba y gritaba en azarí. Revisando encuentran los sellos de Armenia del año anterior. No me dejaban entrar en el país y ya empezaba a trazar un plan B. Nuevamente me conducen a la moto y les digo que si el problema era esa pegatina, la quitaba. Tiré de ella y se la día a un militar, que rápidamente me indicó que la de la otra maleta también. Las cogió, arrugó entre sus manos, tiró al suelo y pisoteó para terminar con ellas en el cubo de la basura. Y así, de esta manera, tras más de dos horas en la frontera pude finalmente entrar en el país.

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PARTE III – MAYBE TOMOROW

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 Maybe tomorrow

Esa era la respuesta que recibí durante tres días en el puerto de Alat al sur de Bakú (Azerbaiyán). Tras comprar el billete, te explican que no saben con certeza cuando llega el barco. Al parecer el mar Caspio es muy traicionero y tan pronto está en calma como una fuerte tormenta pone en peligro a los navegantes, ¡eso me dijeron!

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Después de 3 días y 10 horas, consigo embarcar en un carguero, que estaba literalmente para el desguace, pero allí viajaban un ciento de camiones para Kazajistán, al puerto de Aktau.

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Casi dos días de travesía. Cuando llegamos al puerto era de noche. Subieron un montón de militares kazajos que nos hicieron ponernos a todos en fila para revisar nuestro equipaje. Eso y un enorme pastor alemán, que lejos de la “sutiliza” de los perros policía que conocemos, olisqueaba y desperdigaba todo. Se subía a las personas ante la atenta mirada de estos militares que nos hicieron bajar del barco por una escalerilla y volvernos a poner en fila para registrarnos otra vez con los perros. En una pequeña furgoneta, nos trasladaban en grupos de 12 hasta la oficina de inmigración alejada de la zona y a la que tuvimos que volver caminando. Una vez la moto fuera, otro registro, sacar todo de las maletas y nuevamente el perro. Si al puerto llegamos a las 23:00h cuando llegué al hotel eran la 06:30h de la mañana.

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PARTE III – ATRAVESAR EL DESIERTO DE KYZYL KUM

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BAILANDO ROCK AND ROLL ENTRE BEYNEU Y NUKUS

Me lo habían dicho, era una carretera muy dura. Conocía experiencias de otros viajeros que literalmente, “terminaron con los tornillos en la mano”. Imagino, que me había mentalizado tanto de la dureza, que al final, aunque lo fue y mucho, sentí que no era para tanto.

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Beyneu, Nukus dos ciudades con una frontera en medio de la nada entre Kazajistán y Uzbekistán. Más de 500kms, sin gasolineras, sin nada. Solo desierto, el de Kyzyl Kum, cambiante y que cuando lo atravesé tenía unos impresionantes bancos de arena que pusieron a prueba a la moto y a mi.

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Los primeros 167 kilómetros son fuertes, después hasta completar los 550 totales, la cosa se suaviza un poco pero la carretera está tan rota que la moto va saltando constantemente con esa sensación, de que la moto se rompe, entre camellos y caballos salvajes que te vas encontrando.

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Caos en la frontera de tierra

La frontera entre Kazajistán y Uzbekistán es digamos muy peculiar. Te hacen atravesar un enorme charco de agua antes de entrar en la parte kazaja y esto es en todas las fronteras así, como comprobaría más tarde. Llego cubierta de polvo, una enorme caravana de coches cargados hasta casi no verse están delante de mi. Bajo de mi moto y me acerco a preguntar a un militar que está a lo lejos. Enseguida, como ocurre siempre mi moto desaparece rodeada de un montón de hombres que la tocan, miran y re miran. El militar me indica que me acerque con la moto. Entre todos aquellos coches atravesados por aquí y por allí, llego y empieza el papeleo y el típico “Madrid o Barcelona”. La cosa pinta bien, y va todo de una forma sorprendentemente ágil para todo aquel caos que había montando en mitad del desierto.

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Muchos viajeros me comentaron que suelen hacer el tramo en dos días, pero decido quitármelo de encima lo antes posible y tras vaciar los 11 litros de gasolina extra que llevaba en las garrafas, llego ya de noche a Nukus, donde hago noche.

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MOYNAQ Y EL CEMENTERIO DE BARCOS

La señal de la era soviética, todavía da la bienvenida a la gente en esta parte uzbeka del mar de Aral, con un pez que simboliza lo que en su día fue la riqueza de aquella zona; un importante puerto pesquero convertido hoy en cementerio de barcos.

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Lo había vista muchas veces en fotografías y vídeos, pero aún así impresiona ver aquellos barcos oxidados en medio de un desierto que fue fondo marino.

Decenas de miles de personas vivían antes allí, con importantes industrias conserveras. No solo la ciudad murió, sino muchos de sus vecinos debido a enfermedades en los pulmones por el polvo, contaminación de fertilizantes y lo que allí in situ descubrí en la parte kazaja, el ANTRAX.

Aparqué mi moto, y me senté junto a ella, observando aquella desoladora imagen y a algún turista bromeando cual pirata subido en los barcos abandonados. Un niño en bicicleta se acercó a mi, supongo que atraído por la moto, pero en cuanto vio mi cámara entre las manos, me gritó “turist no, photo no” . Y no me extraña; era su forma de vida y ahora para algunos era un atractivo turístico. Hasta gente de fuera ha montado allí una especie de restaurante para quienes visitan el “cementerio de barcos”.

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Intenté hablar con la poca gente que queda en Moynaq pero no hubo forma, se dan la vuelta, no quieren saber nada. Si te paras a hacer una foto enseguida se esconden.

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Localicé una antigua fábrica de conservar en mitad de unas calles desérticas y al fondo había una señora que rápidamente se metió en su casa.

Es triste y desoladora la imagen. Ante mí una importante y próspera ciudad de Uzbekistán que ha quedado reducida a polvo. Aquel desierto con barcos varados aquí y allí hacen que nadie hubiese imaginado un guión tan dantesco.

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A las afueras, algunas comunidades científicas han trabajado para recuperar la zona, pero francamente creo que nada se puede hacer ya. Al menos, han conseguido que pueda haber vida en las piscinas que hay rodeando la ciudad y sus gentes puedan pescar en ellas.

Me voy de allí, con esa mezcla de sentimientos de alegría por haber llegado con mi moto y de pena por ver lo que la mano del hombre es capaz de hacer.

Queda todavía la parte de Kazajistán de este mar, este mar “perdido”, así que continúo ruta y aprovecho para visitar las principales ciudades de la ruta de la seda.

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EN EL CORAZÓN DE LA RUTA DE LA SEDA

Cambiar dinero en Uzbekistán- para ver vídeo hacer clic aquí

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GIVA – KHIVA

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La ciudad de las mil y una noches. Preciosa ciudad por la que paseé a diferentes horas del día y de la noche. Esa ciudad que esconde la triste historia de haber sido uno de los principales mercados de esclavos has 1865. Se dice que las murallas de su ciudad fueron construidas en tan solo 30 días por multitud de presos.

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Pero si algo destaca de Giva, es su enorme cilindro Katal Minor, cubierto con dibujos en azulejo que se sitúa entre madrasas. Minarete inacabado y que te deja con la boca abierta. Cientos de turistas entre sus calles y más de 200 monumentos que visitar. Es una ciudad como las que podríamos ver en Afganistán o en Irán, de hecho a mí, me recordaba constantemente a este último país que recorrí en moto en 2016, solo que debido a la sovietización y con ello prohibición de las religiones, desde sus minaretes no hay llamadas a la oración y dentro de sus mezquitas y madrasas hay mercados. Me pregunto una y otra vez ¿Qué pensarán los vecinos de estos países tan estrictos con su religión?.

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Con un chófer que se dedica al turismo me voy a un mercado local a comprar unas tarjetas para mi cámara que por algún motivo no funcionan y aprovecho para cambiar dinero en el mercado negro, cosa prohibida en estos países. Compré música uzbeka y aquel hombre y yo atravesamos la ciudad sonrientes, con las ventanillas bajadas y el volumen bien alto.

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Reconozco, que al principio me costó mucho coger confianza. Quizás la apariencia de sus gentes. Pero ha llegado ese momento mágico en el que llamas tu la atención y entonces eres el motivo de las miradas. Paseo tranquilamente entre la gente que me para para hacerse fotos conmigo.

Dejo esta ciudad tras visitar minaretes, madrasas, paseos entre sus calles, para continuar ruta hacia Buhara.

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BUHARA Y UNA LLANTA ROTA- Para ver vídeo hacer clic aquí

Vídeo sobre Buhara – hacer clic aquí

Las carreteras en Uzbekistán están rotas, ¡no hay socavones, hay pozos! en la carretera y tienes que ir buscando el menos profundo. En uno de éstos y sin posibilidad de esquivarlo por un camión, enseguida me dí cuenta. ¡He pinchado pensé!, sin mitrar, abrí mi maleta y saqué el kit de pinchazos para ponerme manos a la obra, pero “LA COSA ERA MÁS GRAVE”, la llanta estaba rota. Arrastro la moto hacia un tendejón que había visto al pasar.Me parecía buen sitio para buscar soluciones. Un chico que se presentó como Hasmin, me ayudó en el último tramo. El hombre que había metió aire en mi rueda pero nada, y con un martillo se lió a golpes para enderezar la llanta, pero el problema era grave, y no había forma. Necesitaba encontrar a alguien que soldara aquello y estábamos a unos 40 kms de Buhara, unas dos horas en coche. No me entendían, nadie habla inglés en aquella zona, así que terminé dibujando un camión en una libreta.

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En la ciudad no encontrábamos a nadie, hasta que di con un taller y un chico que me soldó aquella llanta, que no volvió a perder aire y gracias a él terminé mi viaje.

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El día tenía que terminar bien, y a pesar de que entré en Buhara de noche, el hotel que encontré estaba en el mismo corazón y para rematar un grupo de españoles que me reconoció vino a las puertas del hotel a saludarme.

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SAMARCANDA Y GASOLINA DE 80

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Una de las cosas importantes a tener en cuenta cuando viajas en moto a Uzbekistan, es que la mayoría de los automóviles funcionan con gas, así que no hay muhos surtidores con gasolina, y los pocos que encuentras son de 80 octanos o con suerte de 92.

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Una enorme carretera en mitad del desierto me deja sin gasolina nuevamente y tengo que confiar en lo que un hombre me vende en una garrafa de agua.

Mi llegada a Samarcanda fue con un ¡VIVA FIDEL! y un encuentro con moteros rusos.

Samarcanda en una joya. La plaza del Registan, es una de esas maravillas que todo viajero debería de conocer. Fue un lugar donde todas las tendencias, lenguas e ideas confluían. La situación intermedia de Samarcanda en la Ruta de la Seda la hizo posicionarse de forma muy importante. Imaginaba a todas las caravanas allí paradas descansando con sus camellos y escuchaba sin querer los gritos de todos los comerciantes. Allí, me dí cuenta, de qué con mi moto había llegado hasta el corazón mismo de esta Ruta. Cansada, si, pero satisfecha, muy contenta y en una plenitud que envolvía mi soledad viajera.

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KAZAJISTAN Y LA OTRA PARTE DEL MAR PERDIDO

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Me fui de Samarcanda dirección a Taskent, para salir por la frontera que me llevaría a la parte kazaja del mar de Aral. En la parte de Uzbekistán se quedan con mi documento de importación temporal de la moto y en la parte kazaja una vez hecho el trámite de inmigración me dejan pasar, pero, mi sentido de la intuición me hace insistir par solicitar nuevamente el de importación temporal de la moto; el que me sacará de Rusia tras cinco angustiosos días.

Hago noche en Shymlent, ciudad donde lo más destacado para visitar son los centros comerciales y parques temáticos, una ciudad soviética europeizada 100% pero donde siguen sin hablar a penas inglés.

Aprovecho para visitar Turkestán, centro de peregrinación donde la única extranjera era yo. Allí, me echaron de una celebración, esta vez, no fue por no ir tapada hasta los pies como en Yazd (Irán), sino porque era una mezquita subterránea donde celebraban un ritual entorno a una fuente.

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ARAL Y LOS CAMELLOS DESORIENTADOS EN SUS CALLES

Tras cientos de kilómetros y soportando el fuerte viento de la estepa kazaja, veo las plantaciones de algodón, el famoso “oro blanco” por el que la antigua Unión Soviética secó el mar de Aral. Me sorprenden aquellos canales rebosantes de agua. Todo verde y a lo lejos un remolque donde la gente está recogiendo algodón. Intento “robar” alguna foto, pero me hacen un gesto con la mano que interpreto como un “vete”.

Excepto esta parte, el resto es un enorme desierto con camellos y salares , no hay nada más.

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ATRAVESANDO UN MAR EN MOTO

Se hace eterna esta carretera, cientos y cientos de kilómetros en línea recta, con un fuerte y constante viento. De repente, ¡FRENO MI MOTO!. Caigo en la cuenta de algo que está sucediendo a mi alrededor, estoy siendo testigo de lo que venía buscando y que sin darme cuenta había encontrado. Estoy en el fondo marino del mar de Aral. ¡Tremendo el momento!. Me bajo de la moto entre un inmenso silencio, solo roto por el sonido del viento. Observo a mi alrededor, me quito lentamente el casco y lo apoyo en el asiento de la moto, asombrada me doy cuenta de que estoy rodando con mi moto en el fondo del mar, donde antes había peces ahora estoy yo en medio de una carretera.No se muy bien como describir aquel instante de sorpresa porque a la vez, sentía una profunda pena; era como si en aquel momento la naturaleza me estuviese mostrando la desgracia de estar en manos del hombre. ¡un mar seco por el oro blanco!. Una mezcla de sentimientos acudían a mi, por un lado estaba la alegría entre comillas, de recordar las duras carreteras y caminos que había tenido que atravesar para llegar hasta allí y por el otro, un triste grito de la naturaleza ante semejante desastre ecológico. Mi moto y yo, allí en medio de la nada éramos testigos de una cruel historia que ni el mejor guión hubiese superado.

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Cuando llego a la ciudad de Aral, tremendamente famosa y rica en sus días, me encuentro un semáforo y calles desérticas, un coche, yo y un par de camellos desorientados paseando por aquellas calles sin gente.

Busco un hotel, sin llave, y donde en una sucia cazuela preparo un poco de pasta ante el hambre de todo un día sin probar bocado.

Paseo por la ciudad y no veo nada. No hay nada. Un enorme cartel con su presidente inaugurando la presa que intenta recuperar el mar y un mosaico en la estación de tren que recuerda cuando esta ciudad envió pescado al pueblo de Moscú, parecido al que hay en el abandonado museo donde un mural muestra como en 1921 también ayudaron a Moscú durante la hambruna enviando 14 vagones de pescado. A cambio, lo recibido a parte de una carta de agradecimiento fue “secar su mar”.

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Intento localizar la famosa presa y me dirijo por unos caminos a las poblaciones donde está ubicada, pero unos soldados aparecen y me hacen dar la vuelta. Allí, me entero también de la isla secreta del antrax “Vozrozhdeniva”, donde hay toneladas y esporas que provocan serias enfermedades a la población. Curiosamente Vozrozhdeniva, significa renacimiento.

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Los kilómetros en moto empiezan a pesar, llevo más de 10.000 y hago noche en Aktobe, con la intención de llegar a Oral e iniciar viaje de regreso por Rusia.

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ANGUSTIOSOS DÍAS EN RUSIA

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Las temperaturas empiezan a desplomarse y no para de llover. Estoy acercándome a Rusia. Por la noche coincido con un empresario ruso que tiene un socio español y me pregunta por qué esa frontera, “es la frontera de la máfia me dice”.

Amanece, hace frio y llueve mucho La carretera cortada por obras y un tremendo barrizal de cerca de 200 kilómetros hasta la frontera de Ozinki a la que llego tremendamente cansada, calada y muerta de frio con máximas de 5 grados. En la parte Kazaja, me recibe un militar y un tanque que salia de reconocimiento. La moto ha ido todo el camino resbalando y en algún tramo he tenido que bajarme y pasar literalmente empujándola como podía.

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En el puesto fronterizo ruso, no hay forma de que me hagan la importación temporal de la moto. Conocedora de algún caso, donde compañeros han dejado allí sus motos al no poderlas sacar del país por falta de este trámite, insisto una y otra vez y entre la actitud chulesca de los policías y sus voces me mandan de un puesto a otro. Nada, no consigo nada. Cuatro horas después contacto con la embajada, que no tienen ni la más remota idea de lo que hay que hacer y cuyo protocolo de actuación les he enviado posteriormente para que futuros viajeros no se encuentren con el mismo problema que yo.

Está cayendo la noche y hasta Saratov hay más de 300 kilómetros.

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LA CARRETERA DEL TERROR

La fuerte lluvia, la carretera sucia y los socavones hace que los camiones que me cruzo me salpiquen y llenen constantemente el casco de barro. A ambos lados de la carretera ramos de flores cada poco. Mi preocupación por no tener el documento necesario, la mala actuación de una embajada que se limita a decirme “al menos está usted viva”, todo eso se va transformando en una enorme tensión. No encuentro ningún lugar para quedarme a dormir, no hay nada, ya estaba pensando en plantar la tienda bajo aquella incesante lluvia porque no veía ya la carretera, a lo lejos veo una especie de hotel y paro. La señora no me entendía y con gestos la dije que quería dormir, miró a un hombre que estaba a su lado y me dijo que no, la supliqué; a dónde iba a ir con esa noche y por aquellas carreteras. Al final accedió y me llevó a una habitación que iba a ser compartido con quien llegase después, A todo esto querían meter la moto en cuartucho porque decían que me la robarían, pero la moto no cabe, es muy grande y pasa la noche fuera.

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EL IMPACTANTE ACCIDENTE

Amanece, con la ropa todavía mojada del día anterior comienzo ruta hacia Saratov por aquella carretera. Hoy no llueve tanto, a lo lejos un accidente, dos coches han chocado frontalmente, no está cortado el tráfico y la policía está haciendo fotos. En ese momento, me di cuenta de la poca dignidad que le daban a una persona que había perdido la vida. Me impacto mucho, ver aquel pobre hombre con una especia de venda en los ojos, la camiseta levantada con la barriga al aire, tendido en el suelo. Nadie le había cubierto y los coches y yo, con mi moto pasábamos al lado. Me pareció una imagen que refleja muy bien la “tradicional Rusia”, como me contaba después Valeria y su familia, una policía que me ayudó con las gestiones.

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ENGLES, POLICÍA, ADUANA Y EMERGENCIAS CONSULARES QUE NO AYUDAN.

Me persono en un puesto aduanero que me habían indicado a través de una representante de la embajada española en la frontera de Ozinki, pero no me quieren hacer el documento que necesito. Me dicen que vuelva a la frontera y lo vuelva a exigir o me quedaré sin moto.

Vuelvo a llamar al teléfono de emergencias consulares, pero por aquel teléfono solo escuchaba, “ cómo se la ocurre a usted ir ahí, estoy en Moscú y me queda lejos del campo de actuación, hay 800 kilómetros y no puedo desplazarme. No se puede viajar solo a Rusia”.

Conozco a unos policías. Me relataron el día a día de un país duro, inseguro y de supervivencia. Me contaron que por su profesión el gobierno solo les deja viajar a Cuba, China y Vietnan

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Valeria que a a pesar de su día libre en comisaría, al día siguiente estaba en el hotel para presentarme a su familia e ir a comer con ellos. Fue un balón de oxígeno para mi. Paseamos por la ciudad y me llevó a lo más preciado para los rusos, “sus museos militares” y todos los monumentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y Rusia. Además, coincidía con el 9 de mayo, que celebraban durante todo el mes llenando parques y jardines con tanques, aviones, y toda clase de armamento militar. Tengo un montón de lazos y pegatinas de propaganda soviética que veteranos y no tan veteranos me iban regalando.

Tras cinco días en Rusia, encontramos una aduana. Parece ser que aquí si que me van a gestionar una importación temporal que me permita salir de Rusia sin problemas.

Con mi documento, aquel que insistí en pedir en la frontera de Taskent, y el aduanero conseguido aquí, me dirijo a la frontera con Ucrania, donde sorprendentemente, tras toda la odisea vivida puedo pasar, salir del país y hacerlo con mi moto. Aquel sello en mi pasaporte sonó a música celestial.

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LA VUELTA POR ODESSA EN UCRANIA. MOLDAVIA Y SUS CARRETERAS ROTAS.

Había oido hablar de esta ciudad y de nuestra herencia española, Jose de Ribas, que “fundó” Odessa. Pasé un par de días allí, necesarios también para descansar e iniciar la vuelta tras tanto estrés acumulado. A pesar de la lluvia que no cesaba, la ciudad es muy bonita y pude visitar también las famosas escaleras de Potemkin.

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Las carreteras están “rotas”, para hacer 300 km la media son de 6 a 8 horas, entre bache y socavón parece que acaban de sufrir un terremoto. Hubo un momento en el que pensé no puede ser, esto no puede ser, pero si, había hasta una ruta TIR.

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TANQUES, MILITARES Y TRANSNISTRIA

Sin quererlo, que no era mi intención, entré por Transnitria, dicho sea de paso con carreteras que seguían siendo malas pero un paisaje que me recordó en alguna carretera a las de la Toscana por sus hileras de árboles. Eso sí llenas de tanques y militares durante kilómetros.

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Dinero cambiado que luego nadie quería en Moldavía, y frontera con sello de pasaporte en la misma.

En Chisinaú, capital de Moldavia hago noche para ya iniciar el camino de vuelta más directo para España, atravesando Rumania, Bulgaria y Grecia desde donde cogería un barco para Italia y de allí para casa. Recibiéndome la gente de BMW Grunblau en Santander para dejar allí a Lusi, mi moto y curarla de las heridas de guerra.

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VIAJANDO EN MOTO SIEMPRE SE ESCRIBE UN GUIÓN

Viajar en moto, es una película cuyo guión se escribe día a día. Con sus malos y sus buenos momentos, cuando ya no puedes más, con la desesperación y el agotamiento de situaciones vividas.. Aunque al final, siempre nos queda lo bueno, lo mejor de cada kilómetro recorrido en moto. La sensación de sentirte vivo y de vivir intensamente.

Cada uno tiene su experiencia y su visión y un mismo viaje en moto siempre será diferente para cada persona, pero una cosa hay en común y es que cuando regresamos ya venimos pensando en el siguiente.

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